Unos 200 mil niños y adolescentes venezolanos que migraron a Perú necesitan estudiar. En el proceso de cambio e integración a las escuelas deben hacer frente a distintos obstáculos que podrían afectar su salud mental.
Jennifer Peralta estaba convencida de que si quería un mejor futuro, no podía seguir en Venezuela. Planificó el viaje, pero unos días antes de su fecha de partida, en un consultorio médico le informaron que a su tía Dona, con quien mantenía una entrañable relación, aún no podían operarla del cáncer que padecía.
A mediados de 2018, Ana Basabe migró con su hijo a Ecuador huyendo de la violencia política en Venezuela. Tratando de estabilizarse en ese otro país, ha debido enfrentar distintos obstáculos.
Recién graduada de médica en la Universidad Central de Venezuela, la protagonista de esta historia sintió que no tenía motivos para continuar en el país. Planeó migrar a España para ejercer allá su profesión. Salió de Valencia, estado Carabobo, el 24 de noviembre de 2019 rumbo a Estados Unidos, desde donde meses después partiría a Europa. Comenzó así un viaje que tendría que replantear más de una vez.
Leonela Hernández, Carla Briceño e Isidro Canache son parte de los 803 médicos venezolanos que a finales de 2020 habían convalidado sus títulos en Argentina. Hoy trabajan en pequeños pueblos rurales y remotos que tenían muchos años sin un médico.
Jennifer y Jefferson migraron de Venezuela a Ecuador junto a sus tres hijos. Con la llegada de la pandemia de covid-19, los niños no han podido recibir clases virtuales porque no tienen equipos para conectarse a Internet.
Muchos migrantes venezolanos mueren asesinados y sus cuerpos son abandonados en la frontera con Colombia. Edwin López y Sonia Bermúdez tienden una mano a los que, en medio del dolor, no pueden sepultar a los suyos.
Ricardo Cie migró a Guatemala con la esperanza de trabajar para poder llevarse consigo a su esposa e hijo. Luego de dos años en ese país, en los que tuvo no pocos tropiezos, seguía sin estabilizarse económicamente, así que decidió regresar a Venezuela. Pero apenas compró el boleto de retorno sufrió un infarto.
Erika descubrió que tenía una portentosa voz para cantar y conmover. Decidió entonces salir de los Andes venezolanos, donde creció y se formó, para forjarse una carrera en los mejores escenarios del mundo. En ese viaje, la vida la puso ante una encrucijada.
Alberto Rodríguez es un venezolano que vive en Machala, ciudad portuaria del sur de Ecuador. La aparición de la pandemia de covid-19 lo dejó sin empleo y con muchas cuentas por pagar. Aunque sabía que se exponía al virus, decidió salir, junto a un amigo, a trabajar fumigando con amonio cuaternario, químico usado para espantar plagas en bananeras y camaroneras.