A sus 31 años, Francis todavía no se sentía preparada para ser madre. Pero poco después de saberse encinta, viendo ropa de bebés junto a su esposo Jonathan, se ilusionó con la idea. Sin embargo, la doctora les había dicho que el embrión todavía no se había implantado; que había 50 por ciento de posibilidades de que el embarazo no avanzara.
A sus 18 años, Jofre Rodríguez era un líder estudiantil que se la pasaba resolviendo los problemas de sus compañeros de liceo. Indignado porque un guardia nacional había matado a un joven que conocía, salió a protestar en contra del régimen de Nicolás Maduro. Llevaba una pancarta de cartón que decía: “Cuando la tiranía se hace ley, la rebelión se hace un derecho”. Ese día de 2017 no pudo volver a casa.
Flor Pujol, bióloga investigadora del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), se fue en 2019 a Francia a pasar un año sabático en la Universidad de Lyon. Tenía el pálpito de que algo pasaría en Venezuela. Y aunque en Europa se sentía plena, decidió no quedarse allá más de cinco meses: cuando regresó, faltaba poco para que llegara la pandemia de covid-19.
Cuando murió su madre, Jesús Blanco, un joven estudiante de 23 años, decidió migrar de Venezuela. Llegó a Lima, Perú, en febrero de 2019, luego de un viaje de seis días por carretera. Tenía 100 dólares y la esperanza de, meses después, irse a Argentina para reencontrarse con un primo. Distintas circunstancias lo llevaron, sin embargo, a otros destinos.
Un pueblo de Trujillo, en Los Andes venezolanos, llamado El Tamborón. Una abuela que cruza cuchillos para espantar la lluvia. Un niño de 8 años ayudando a su padre a tapar con bolitas de plastilina las goteras del techo. Una casa que se desbarranca en medio de un aguacero. Desde Buenos Aires, donde reside desde hace tres años, el joven escritor venezolano Enmanuel Núñez escribe sobre sus montañas y sobre la fuerza del agua.
Al borde de la vía que une el eje cafetalero de Colombia con el resto del país, viven doña Leonor y su esposo Luis Enrique. Ella se conmovía cada vez que se asomaba a la ventana y observaba a venezolanos cansados, en esa carretera peligrosa, caminando hacia un mejor destino. Un día, aunque tenía poco que ofrecerles, se decidió a ayudarlos.
Para alejarse de sus padres, con quienes tenía una relación
conflictiva, Andreína Gómez se fue de Venezuela a Buenos Aires en marzo de 2018. Al llegar comenzó a trabajar como acompañante terapéutica. Fue así como conoció a María Rodríguez, una anciana con la que tenía muchas cosas en común y a la que llegaría a atender —y a querer— como a un familiar cercano.
Oriana Abreu recibió una invitación para participar en un torneo de ultimate que se llevaría a cabo en Ocaña, Colombia. No tenía forma de costear sus gastos allá, pero no quería dejar de ir. Se le ocurrió entonces vender tartaletas de arequipe en la calle. Ese viaje y esas tartaletas le mostraron pistas del camino que debía recorrer.
Julimar Urrea vivía en Boca de Uchire, un pequeño pueblo del oriente de Venezuela, y soñaba con tener un salón de belleza propio. Asistió a un curso de un año en Caracas para hacerse técnico profesional. Cuando lo terminó, en 2017, sintió que, por la crisis que atravesaba el país, no era un buen momento para iniciar un negocio. Entonces decidió dejar a su esposo y a su hija, y migrar a Perú.
Xavier De Boricón, ingeniero egresado de la Universidad del Zulia, es experto en diseño de transformadores eléctricos. Construyó muchos durante años en la Electricidad de Caracas y otras empresas. Con el deterioro del sistema eléctrico nacional se fue quedando sin espacios para trabajar. Entonces la migración se le presentó como la mejor alternativa. Esta es su historia, contada por su hija.