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La última voluntad de Chema

Ago 28, 2025

La vida de Mariela López cambió la tarde del 18 de octubre de 2020. Ella acababa de volver de trabajar cuando su hijo, de 13 años, le dijo que saldría a la casa de una vecina. En el camino, lo mordió una serpiente Terciopelo. Lo llevaron a un dispensario médico de esa comunidad del estado Falcón, pero allí no había suero antiofídico.

FOTOGRAFÍAS: NAZARETH PALENCIA

En las fotos que guarda en su celular, Mariela López siempre aparece sonriendo. En una de ellas, un niño de piel morena le dedica una serenata con una guitarra azul; en otra, ese mismo niño corre descalzo por el valle, como si quisiera ganarle al viento. Atesora esas imágenes son recuerdos de tiempos más felices. Ahora, Mariela López casi no sonríe.

Desde su casa de bahareque, en lo alto de Lomas de Unión, el valle de Santa Cruz de Bucaral, en Falcón, ella rememora los momentos en que todo cambió: los días en que José Manuel –su hijo de 13 años a quien cariñosamente llamaba Chema– se fue apagando de a poco, poniéndo en pausa la alegría. Todavía le parece ver, en cada rincón de la vivienda, a ese adolescente que sabía ganarse el cariño de todo el barrio. Que alimentaba a las burras Fina y Regina, y correteaba entre las gallinas y los perros, feliz de cuidar a los animales. Que buscaba y vendía leña en un carrito de madera, para aportar a la casa. Que ganaba medallas en los maratones escolares. Que era elogiado por sus buenas notas. Que solía decir: “Cuando sea grande, quiero ser deportista o profesor de deportes”.

El domingo 18 de octubre de 2020 fue el punto de giro. Mariela, de 33 años, acababa de llegar de trabajar (entre otros oficios, se dedicaba a limpiar casas ajenas) y estaba friendo bollitos en el fogón cuando Chema le dijo que iría a casa de La China, una vecina, a buscar un cuaderno.

—Ponte un pantalón, hijo —le sugirió Mariela.

—Eso queda ahí mismo, má, ¿para qué cambiarme? Me voy con estos shorts —le respondió.

Al verlo partir, Mariela sacudió la cabeza en señal de desaprobación; no podía creer lo terco que era su muchacho.

Chema atravesaba los matorrales rumbo a la vereda enmontada que unía su casa con la vivienda de La China, cuando de pronto sintió un ardor punzante en la pierna derecha. Era como si un puñado de agujas invisibles lo estuvieran pinchando. Se detuvo de inmediato, miró a su pantorrilla y se dio cuenta de que acababa de ser mordido por una serpiente. La vio todavía pegada a su piel, y sacudió la pierna para quitársela, pero el animal se aferró con más fuerza.

En un segundo intento, logró liberarse y, como pudo, se devolvió a casa.

Llegó jadeando. Intentó fingir que estaba bien, pero el ardor hizo que soltara un grito desesperado:

—¡Mamá, me mordió una culebra!

Mariela corrió hacia él y se agachó a revisar la herida. Vivir en medio de la vegetación falconiana le ha enseñado a reconocer las mordeduras inofensivas de las pequeñas culebras que suelen asomarse por entre los matorrales. Y pensó que era una de esas la que lo había mordido.  

—Má… te pido que no llores —le dijo Chema—.  Yo te diré qué culebra fue… Pero por favor no llores, mamá.

—¡¿Qué pasa, muchacho?! ¿Por qué tanto miedo? ¿Qué culebra era?

—Era una terciopelo…. la que dicen que es mala y muy venenosa.  Pero no llores, mamá. Yo no me quiero morir.

Mariela sintió un frío recorrerle la espalda y, de inmediato, comenzó a pedir ayuda a los vecinos, que se acercaron a ayudar. Uno le dio a beber sorbos de gasolina y vertió un chorrito sobre la herida; otro le aplicó orina de venado, confiando en la creencia popular según la cual así se contrarrestaba el veneno.

Ajustaron una venda en su pierna, y salieron rumbo al hospital, que estaba a 10 minutos de distancia.

Al llegar, los médicos le pusieron suero fisiológico a Chema. Le advirtieron a Mariela que si ella le suministraba al adolescente alguna otra sustancia sería bajo su responsabilidad. Y admitieron que no contaban con el suero antiofídico, necesario para neutralizar los efectos tóxicos de la terciopelo.

El dolor de Chema incrementaba, aunque él intentaba disimularlo. El suero fisiológico que le habían puesto en el hospital no le produjo alivio; apenas sirvió para hidratarlo. Así que, ante la falta de recursos, Mariela le administró un suero casero que en la comunidad algunos consideraban efectivo para aminorar el dolor y la toxicidad del veneno. Una vecina le había compartido un poco de su reserva, preparada con cocuy blanco, cocuy de penca y orina de venado. Desde luego que no estaba certificado ni avalado por ninguna autoridad sanitaria, pero en ese momento la madre desesperada no encontró otra opción que usarlo.

Después, decidió sacar a su hijo de ese hospital. El problema era que no tenían carro. Varias personas se negaron a ayudar, y quienes podían hacerlo no tenían gasolina. En algún momento, Cheo, transportista y vecino, ofreció su vehículo para llevarlos hasta el municipio aledaño, Federación. Tenía algo de gasolina, pero antes debía cambiarle al carro unos cauchos. El destino era el Hospital Emigdio Rios, ubicado en el centro de la localidad. Decidieron ir allí porque, en casos de emergencias como aquella, Federación era la opción más cercana, a una hora de distancia.

A eso de las 11:00 de la noche llegaron a Churuguara, capital de Federación. En el hospital lograron calmar un poco el dolor del adolescente con una dosis de diclofenac. Sin embargo, el personal de salud fue claro: allí no podían hacer más nada. Chema necesitaba con urgencia el suero antiofídico, ya que era lo único capaz de detener el veneno que ya había comenzado a recorrer su cuerpo, produciendo problemas severos de coagulación. 

El tiempo jugaba en contra.

La pierna estaba cada vez más hinchada y su respiración se volvía trabajosa. Decidieron llevarlo Hospital Universitario Dr. Alfredo Van Grieken, en Coro, donde esperaban encontrar el antídoto.

Cheo volvió a poner en marcha su vehículo.

—Te pagaré con leña —le dijo Chema a duras penas.

—Está bien, papá; no te mortifiques, no te estoy cobrando —le respondió el vecino, con su usual tono jocoso.

Mariela estaba muy angustiada. Lo veía estable, aunque exhausto. En silencio, pedía a Dios que lo cuidara y que le permitiera salir con bien de esa circunstancia.

Tras un viaje de 5 horas, a la 1:00 de la madrugada del lunes, llegaron al Hospital Universitario Dr. Alfredo Van Grieken. En la sala de emergencias, Chema se sentó en una silla y Mariela en el piso. Ambos observaron a muchos pacientes en el suelo que desde hacía horas esperaban atención.

Al amanecer, un muchacho les cedió una silla para que Chema apoyara la pierna.  Cuando más tarde pidió una camilla para acostarlo, el portero del hospital, alguien que conocía de primera mano carencias del lugar, les dijo:

—Esperen a que alguien se muera para asignarle una camilla.

Esas palabras quedaron resonando en Mariela. Sobre todo porque, mientras tanto, los médicos pasaban a su lado sin siquiera mirarlos.

Chema fue atendido por una doctora recién a las 7:00 de la noche de ese  lunes. En ese momento, supieron que ni ahí, ni en ningún otro centro médico de Coro, tenían el antídoto.

Aun así, lo dejaron en cuidados intensivos.

Mariela entonces llamó a su familia en Cabimas. Y le dijeron que en Maracaibo habían logrado ubicar el suero antiofídico en Maracaibo. Pero trasladar al adolescente en un estado tan crítico era un riesgo. Mariela volvió a salir en busca del suero antiofídico. Recorrió farmacias cercanas, pero al rato no le quedó más que regresar con las manos vacías y el cansancio marcado en el rostro.

—Yo no quiero que te pase algo mientras buscas el suero… Llame a mi papá —le dijo Chema refiriéndose a su abuelo materno, Rómulo López, el hombre que había acompañado a sus hijos durante seis años en Cabimas.

Mariela le pidió a él que la ayudara. El abuelo viajó de Cabimas hasta Maracaibo para buscar el antídoto, y de ahí emprendió camino hacia Falcón. El viaje suponía un riesgo porque era muy difícil trasladarse en medio de las restricciones por la pandemia y la amenaza latente del contagio. Aún así, asumió el reto.

Mariela se sintió esperanzada y Chema, al enterarse, le dijo algo que la conmovió:

—De los sueros que traiga mi abuelo, quiero compartir con los demás. ¿Oíste, má?

—Sí, papito, lo haremos —respondió ella, antes de estrecharlo contra su pecho.

Esa noche, Mariela apenas logró dormir. Durante la madrugada salió de nuevo a la calle, esta vez por el acetaminofén que su hijo necesitaba.

Por suerte, logró conseguirlo.

La mañana del martes, la doctora que llevaba el caso de Chema lo examinó y frunció el ceño: notó que la pierna estaba muy hinchada y debían hacerle una incisión.

—Mami, vamos a tener que pinchar al niño.

—Doctora, por favor, hábleme claro, porque no entiendo lo que me dice.

La médica le explicó que debían drenar la herida, porque la piel mostraba un degradado del amarillo verdoso al morado oscuro, señal de que el daño avanzaba con rapidez.

Mariela, todavía pendiente de la llegada de su padre con el suero antiofídico, escuchaba mientras la doctora preparaba los papeles para la incisión.

Chema se negó al saber que debía ser intervenido. Él deseaba ver a su abuelo primero.

—Mami, si me metes ahí, me voy a morir –dijo aferrándose a una cruz que llevaba en su cuello —. Esperemos a que llegue mi abuelo, mami, por favor.

—No, hijo. Hay que hacer lo que dice la doctora. Quiero que salgas de esto para que descanses de ese dolor.

—No quiero, presiento que allí me voy a morir.

Mariela, sin embargo, terminó por convencerlo.

Los médicos le pidieron a Chema que se quitara la cruz, pero él se negaba.

—Deje de pedirme eso, doctor—respondió con voz firme—. Esta es la que me acompaña, la que me va a cuidar.

Así, Chema entró al quirófano con su cadena.

Mientras la puerta se cerraba, Mariela comenzó a caminar por los pasillos en los que presenciaba escenas que preferiría no haber visto: enfermos acurrucados en sillas de espera, médicos de rostros exhaustos, personas mendigando para  comprar un medicamento…

Se mordía las uñas, contestaba a medias los mensajes de vecinos que querían saber de Chema. Entonces, un mensaje distinto apareció en su teléfono: era su padre diciéndole que había llegado al hospital.

Esa noticia le devolvió un hilo de energía y la hizo ir a su encuentro.

Al verlo, se estrecharon en un abrazo.

Hablaron de la cara de alegría que pondría Chema al ver a su abuelo, del suero que traía y de cómo él había insistido en compartirlo con otros pacientes. Durante unos minutos, imaginaron ese reencuentro y, con él, una salida a todo ese mal momento.

Hasta que Mariela vio a un médico acercarse. Sintió un sudor frío correrle por la espalda. El doctor no dijo nada, solo le extendió la mano y ella hizo lo mismo con la suya para entonces recibir un objeto.

Era el crucifijo gris de su hijo.

En un instante, Mariela comprendió lo que había sucedido. El mundo se le vino encima y su llanto, profundo y desgarrador, llenó la sala. Chema había muerto a las 9:58 de la noche de ese martes.

Las horas siguientes fueron un torbellino de trámites. En medio del dolor, Mariela, haciendo caso a la última voluntad de su hijo, donó los kits de suero antiofídico, con los que varios (incluida una niña de Churuguara que tenía su edad) pudieron salvarse.

En Santa Cruz de Bucaral, la comunidad organizó homenajes en la escuela donde Chema jugó y soñó ser deportista. Allí, entre flores y lágrimas, Mariela abrazaba con más fuerza a sus 3 hijos.

Desde la muerte de José Miguel Loyo López, muchos bucaralenses han sido mordidos por serpientes. No existe registro, pero cada temporada de lluvia en el pueblo se sabe de nuevos casos. Y aunque aún no cuentan con suero antiofídico, la gente logró que el Ministerio de Salud enviara algunas ampollas y han adaptado sueros caseros en frascos pequeños y en pomadas. Además, nunca falta un vecino dispuesto a ofrecer un traslado de emergencia.

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Bucaralense de corazón. Busco dejar un legado épico en el mundo a través del periodismo y demostrarles a mis hermanitos que con Dios todo es posible.

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